viernes, 6 de enero de 2017

Woody Allen al cuadrado

Ciudad de México, sábado 7 de enero, 2017.— 

J. Eisenberg (Bobby) y K. Stewart (Vonnie) en Hollywood.    
Si los elementos que más le gustan a Woody Allen fuesen estambres, entonces, Café Society sería el tejido en donde salen a relucir las preferencias que ha incorporado en toda su carrera como director de cine.

Vamos a ver si estamos de acuerdo con la lista de algunas de estas predilecciones: en primer lugar, la ciudad de Brooklyn donde nació, y Manhattan, donde vive, tal como lo vimos en Everybody says I love you (1996). Son dos localidades que las ha convertido en su escenografía preferida en donde se mueve como en su casa. En Café Society hace un contraste con ese Hollywood que estaba de moda en los 30’s cuando la industria cinematográfica estaba despegando y todo el mundo hacía lo posible por convertirse en estrella de ese firmamento.

Otro de sus preferencias es el jazz del que no sólo es un gran conocedor, sino su interprete como clarinetista. Tal vez por esa pasión nos ofrece en Café Society varios fragmentos y una sesión privada con un saxofonista genial y, tal como lo recordamos, la selección de música que en cada una de sus películas es de lo mejor que sabe hacer y, en un caso, hasta nos contó la vida de uno de ellos, como fue la de Emmet Ray, guitarrista extraordinario que le gustaba ir a los tiraderos, cerca de una estación para matar ratas a balazos, tal como lo contó en Sweet and Lowdown en 1999.

Otro estambre de este tejido es el reparto que casi siempre es novedoso, escogido con pinzas, ya sea para abrirles camino a ciertos actores noveles que no son caros o porque desea tener cerca de esas bellezas que pululan y, cuando él actuaba, las incorporaba a su guión para que tuviera que darles un beso tronado, como lo hizo hace años con Julia Roberts o con Mariel Hemingway o con Diane Keaton.

En Café Society no conocemos a ninguno de los que salen en la película pero sus actuaciones son muy al estilo Allen. Estos son algunos de los principales actores a ver si los conocen: Kristen Stewart (Vonnie); Jesse Eisenberg (Bobby), Blake Lively (Verónica), Steve Carell (Phil) —el único del elenco que reconocí— y Corey Stoll (Ben), entre otros.

Otro estambre de sus preferencias es la caracterización de la ‘madre judía’, casi siempre de clase media que vive en Brooklyn, obsesiva y codependiente que se preocupa por sus hijos sin importar la edad que tengan. En esta película, está más preocupada porque su hijo Ben se ha convertido al cristianismo, que por estar condenado a la silla eléctrica. Otro elemento relacionado con el anterior, es la caricatura que hace del judaísmo: ahora, porque no creen en la otra vida.

En sus tramas hay un hilo que casi nunca falla: la infidelidad entre las parejas ya sea de amigos o de la familia, tal como lo vimos en Annie Hall (1997) y que se repite ahora entre el tío Phil, que finalmente se casa con Vonnie cuando era la prometida de Bobby su sobrino que, decepcionado, se casa con Verónica, bella y encantadora mujer, aunque no puede olvidarse de Vonnie.

Otra más es la voz en off de quien narra parte de la historia. En este caso, es Bobby, con la que evita filmar más escenas y de paso se ahorra un buen de tiempo y dinero.

Esta película está tejida con esos hilos en una comedia con el sello inconfundible de ‘WA’: deliciosa, ligera y sin violencia —aunque Ben, el sicario de la familia, ejecuta a varios, pero lo hace graciosamente o como se diga. Por eso, salimos ligeros, con un final abierto en donde vemos a Bobby y Vonnie dudan si serán capaces de amar a la esposa(o) y al amante al mismo tiempo.
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