El caballo de espadas y la dama de bastos

Ciudad de México, sábado 11 de febrero, 2017.— 

Mina de Alba y José Luis Casillas, boda en Chapala en 1933.
El 10 de febrero de 1933, hace 84 años, Mina de Alba y José Luis Casillas se casaron primero por lo civil en el Lago de Chapala y, una hora después, por la Iglesia, en la Parroquia franciscana. Un día le grabé a mi madre cuando contaba su boda y las trifulcas que pasó para lograrlo, sin duda un buen ejemplo de lo que es la literatura oral. Luego la transcribí y publiqué a su muerte en La Plaza. Para mi sorpresa, Gabriel García Márquez la leyó y me habló a la editorial para decirme que le había gustado, tal vez por eso, me permito celebrar esta fecha con el texto que cabe en este espacio para que ustedes también lo disfruten:

«Nadie me creía que me fuera a casar. Cuando me preguntaban, les decía que ahora sí, que ya mero y, ¿tú crees?, ¡ochenta meros y nada! Un día, por fin, recibí una carta del novio. ¡Bendita carta que me salvó la vida! En mi desesperación estaba dispuesta a tomar cicuta si era necesario.

»Me salí del hotel Nido, donde vivía con mi madre en Chapala y me fui corriendo a la playa para leerla. De tanto leerla me la aprendí de memoria: ‘Querida Minita’, así empezaba la carta con esa letra tan masculina, gorda, con rasgos tan suyos, donde me decía que por fin tenía trabajo en la Ciudad de México y que, aunque no era lo que él esperaba, consideraba oportuno proponerme matrimonio si es que yo estaba dispuesta a compartir, aunque fuera, un cuarto redondo.

»Y yo pensaba… ‘cuarto redondo o cuadrado o como él quiera o como pueda, con tal de pasar juntos los inviernos y poder acercarle en las noches de invierno el piecito inocente, como pasó cuando nos fuimos a vivir con el Ángel en las narices, ese que fue mi protector, con todo y la neblina que lo rodeaba y yo feliz, nada de calcetines, no, nada, sólo le acercaba el piecito inocente y luego, luego, me subía un rubor como de paloma.

»Cova, mi madre, no quería que me casara con el de Tepa, pues ella esperaba que un día llegara el príncipe azul. Ya estaba, ¡pobrecita!, un poco vieja y medio amargadona de la vida. Murió ese mismo año en el mes de octubre instalada en la nostalgia: todas las tardes iba al malecón con su paragüitas y sus guantecitos de encaje blanco, aunque un poco rotitos de los dedos, a ver el atardecer. Había gente de Guadalajara que se sentaba a su lado para oír todo lo que se le ocurría.

»Pero yo estaba joven y llena de ilusiones. Sin decirle nada, con la carta medio escondida, andaba por el pueblo de un lado para el otro como nisticuil sin poder decirle nada a nadie. Cova empezó a darse cuenta de que algo traía entre manos y me preguntaba si traía alguna cosa escondida por ahí. Por las noches, antes de dormir, leía las cartas españolas y, en una de ésas, me volteó a ver pálida y me dijo: ‘¡Qué curioso, Minita!, el caballo de espadas va seguido de la dama de bastos... seguro algún familiar se nos casa.’

»Y yo, mejor me tomaba mi cucharadita de pasiflora y me daba la media vuelta para hacerme la dormida, dándole vueltas y pensando en el de Tepa, el del ojo azul chisporroteante.

»Vivíamos en el Hotel Nido, en un cuarto que daba a la laguna. Ahí lo conocí. Un día, nadando con mis amigas y de repente, ¡chula de mi vida!, que sale de la laguna, que era como el mar, de la misma espuma, un señor altísimo, con el pelo mojado y que me clava sus ojos azules. ‘¡Ay, Dios!’ —casi grité—, ‘¡éste es el que tanto esperaba!’ Por eso decidí casarme en la laguna, en un vapor…

»El 10 de febrero del 33, día de mi santo…»
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