Los zares de la mentira

Ciudad de México, sábado 18 de febrero, 2017.— 

Moulder-Brown (Krull) y Magali Noël en Félix Krull, TV, 1982. 

«La mitomanía es un trastorno psicológico que consiste en mentir de manera compulsiva y patológica. El mitómano falsea la realidad para hacerla más soportable y puede tener una imagen distorsionada de sí mismo generalmente asociada al delirio de grandeza», así es como definen esta enfermedad que viene a cuento porque estamos viviendo el delirio de un mitómano que ha convencido a más de 60 millones de personas que creen —cada vez menos— lo que dice, incluyendo eso que le llama ‘realidad alternativa’ o la amenaza de un terrorismo imaginario que, según su equipo, dice que ha sucedido algo que no ha pasado, aunque sus seguidores están seguros de que ‘el mundo se ha aprovechado de ellos’ y, por eso, ‘es hora de exigirles y ponerlos en su lugar’, sin importar que el resto del mundo ve las cosas de otra manera. 

Entre otras cosas hemos entendido que ‘el déficit en la balanza comercial con México no necesariamente es malo y que, el argumento de Trump está equivocado’, tal como lo explica un experto en la materia.

Para entender mejor a los mitómanos acudo a la literatura para ver si así podemos jalar el hilo de Ariadna y logramos salir del laberinto en el que nos encontramos. Son las Confesiones del estafador Félix Krull de Thomas Mann (Edhasa Literaria, 2009) con el que pude seguirle la pista a este joven que desde joven aprendió la manera de evadir su realidad creando otra en paralelo, en donde Krull sostiene «que todo engaño que no se base en una verdad superior y que no sea una pura mentira, resulta torpe, imperfecto y susceptible a ser descubierto». 

Siguiendo estos principios, Krull llegó a convertirse en un impostor que se comportaba según el papel que le tocaba hacer en un momento dado, desplegando con naturalidad ese castillo de naipes, con una tras otra de sus mentiras, hasta que un día, un resbalón acabó con lo construido para caer por los suelos.

Nunca en la historia moderna había sucedido una reclamación mundial con pelos y señales sobre los engaños y la conducta de un mitómano. Nunca antes hubo un Presidente con el descaro de mentir basado en esas ‘verdades superiores’ que son, en realidad, sus propias mentiras o ‘realidades alternativas’, como las de ese hombre que está cerrado a cualquier discusión, pues tiene ideas fijas, inamovibles e indiscutibles y él es el poseedor de la verdad.

Estamos frente a un fenómeno de malestar mundial causado a menos de un mes de estar en el poder, en donde los millones de seguidores no se detienen a reflexionar porque… ‘en una estampida, el que se detiene parece que huye’.

Todos somos un poco mitómanos y, sin duda, alguna vez hemos utilizado algunos argumentos sacados de la manga, pero hasta ahí nuestra habilidad para mentir. 

Otra cosa son las mentiras de aquellos que tienen un cuadro clínico y que vemos cómo salen por peteneras culpando a ‘los hombres necios’ de la prensa o a los jueces de bloquear sus órdenes, siendo ellos los mitómanos que distorsionan la verdad sin entender el daño que causa a los miles de habitantes originarios de alguno de los nueve países musulmanes que desde hace tiempo viven, trabajan y pagan impuestos en ese país que desde hace años suponían que era su casa. 

El mitómano no se inmuta con las mentiras que dice, sean del tamaño que sean. En esta asociación de ideas, recuerdo a un amigo de la adolescencia que nos aseguraba ‘le faltaban cinco escalones para llegar a ser rey de España’ y, sin darnos cuenta nos reíamos sin saber que se trataba de un mitómano. Desde entonces le decimos ‘Mirey’ y, con el tiempo, se destruyó a sí mismo y a los que lo rodean sin poder acceder a la ayuda de un psiquiatra para que no termine como Félix Krull en la cárcel, escribiendo sus memorias, como uno más de los zares de la mentira.
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