viernes, 24 de marzo de 2017

Lo que heredamos

Ciudad de México, sábado 25 de marzo, 2017.—

Monedas romanas, con el busto de Marco Aurelio (121-180).

“Marco Aurelio nació en Roma el 26 de abril del 121 y murió en lo que ahora es Viena el 17 de marzo del 180. Vivió casi sesenta años y lo hizo entre dos fronteras geográficas: la acomodada mansión patricia en la metrópoli imperial y, al final de su vida, en un campamento militar en la turbulenta frontera danubiana. Así podemos enmarcar la vida de este personaje filósofo y emperador. Estuvo durante veinte años al frente del Imperio Romano, fue un buen gobernante, el último emperador que los historiadores de su tiempo consideraron como la Edad de Oro del Imperio.”

Esta es una versión de lo escrito por Carlos García Gual en la Introducción de las Meditaciones (Gredos, 1977) de Marco Aurelio, esos escritos que me han hecho reflexionar sobre lo que heredamos y que puede ser parte de nuestro ADN. 

En realidad, dicen que escribió sus meditaciones para mostrar de alguna manera su afecto a quien corresponda. Se trata del Libro I escrito en su campamento a orillas de uno de los afluentes del Danubio. Ahí, durante algunas treguas, pudo asociar sus características y habilidades con las de sus antepasados, de tal manera que también nosotros podamos asociar lo que imaginamos es propio, reconociendo su procedencia en los son parte de nuestra historia. 

Marco Aurelio dice que heredó “de su abuelo (Vero), el buen carácter y la serenidad. De la reputación y memoria legadas por su progenitor (Anio Vero): el carácter discreto y viril. De su madre (Domicia Lucila) el respeto a los dioses, la generosidad y la abstención no sólo de obrar mal, sino incluso de incurrir en semejante pensamiento; más todavía, la frugalidad en el régimen de vida y el alejamiento del modo de vivir propio de los ricos.

“De su bisabuelo (Catilio Severo): el no haber frecuentado las escuelas públicas, de haberme servido de buenos maestros en casa, y el haber comprendido que, para tales fines, es preciso gastar con largueza. De mi preceptor: el no haber sido una facción de los Verdes ni de los Azules (rivales en las competencias circenses y de gladiadores); el soportar las fatigas y tener pocas necesidades; el trabajo hecho con esfuerzo personal y la abstención de excesivas tareas, y la desfavorable acogida a la calumnia.”

¿Y nosotros? Bueno, propongo que cada quien acuda a su propio mapa genealógico y rebusque entre ellos, tal como intento hacerlo ahora mismo con el mío, para ejemplificar de esta manera este tipo de ejercicio: de mi abuela (Maclovia), el gusto por adivinar el futuro e interpretar los sueños; de mi madre (Mina), narrar los sucesos de la vida con un cierto optimismo, aunque nos acusen de ligeros por estar paradójicamente satisfechos y alegres en medio de un mundo caótico y decadente; de mi padre (José Luis), los principios y valores —como el honor—, mismo que formó parte de su columna vertebral, así como, la libertad con la que me dejó hacer lo que quería desde joven, aunque a veces me haya salido el tiro por la culata; de mi abuelo (José Ana), el de Tepa, saber perder en el juego como él perdió buena parte de su hacienda; de su esposa y mi abuela paterna (María Cruz), la perseverancia para alcanzar metas imposibles y, del único preceptor que considero como tal, así como Marco Aurelio consideró a Diogeneto de quien aprendió “a tener desconfianza de esos que dicen hacen prodigios, hechicerías y conjuros” y que, en mi caso, es José Luis Ibáñez, quien me enseñó a contrastar las palabras escritas y habladas entre las obras de Cervantes y Shakespeare. 

Todo esto que imagino ahora —causas y efectos— es gracias a la lectura del Libro I de las Meditaciones de Marco Aurelio que me impulsó a considerar cómo son las herencias del mapa genealógico o tal vez, sólo para mostrar mi afecto.