Miento, luego existo

Ciudad de México, sábado 29 de abril, 2017.— 

Paisaje noruego con esas rocas filosas como cuchillos
Peer Gynt es una de las obras de teatro de Henrik Ibsen (1828-1906) que vino a colmar esa grieta en mi alma que se produjo alrededor de 1991, el año en que murió mi madre. Es una obra sin muros ni fronteras entre la realidad y la fantasía en donde muere Aase, la madre de Peer, después de que éste la ha llevado volando hasta la puerta de San Pedro en una escena donde Ibsen parece que puso el dedo en la llaga y tuve una catarsis como nunca antes ni después he tenido.

Con el relato de esa escena terminé el seminario en el MUAC-2017: Colmar las grietas del alma con Shakespeare, Chejov e Ibsen en donde tuve la oportunidad de compartir siete obras que, de alguna manera, aliviaron algunas de esas ‘fisuras de la psique’, como decía Stephen Greenblatt. 

Peer Gynt mentía de manera compulsiva y patológica, falseando la realidad para hacerla más tolerable. Creó una imagen de sí mismo e intentó convertir en realidad su delirio de grandeza. Mentía sin considerar las consecuencias y construyó varias historias con las que sostenía sus engaños como lo hizo Ulises en la Odisea de Homero o el famoso Félix Krull de Thomas Mann o Don García en La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón.

Ulises no vacila en inventarse falsas biografías. Cuando cuenta episodios extraños y maravillas increíbles, prodigios inauditos, cuenta la verdad; cuando expone una historia verosímil, está urdiendo una mentira provechosa, como dice Carlos García Gual. 

Don García inventa haber dado una fiesta que nunca dio, pero les cuenta detalles que empieza diciendo que en las opacas sombras y opacidades espesas que el Soto formaba de olmos, y la noche de tinieblas, se ocultaba una cuadrada, limpia y olorosa mesa, a lo italiano curiosa, a lo español opulenta…, describiendo la fiesta donde había con todo y esas frutas que bien conocía Ruiz de Alarcón porque había nacido y crecido en la Nueva España.

Aase está muy enojada porque su hijo en lugar de traer leña, o piezas de sus cacerías le cuenta puras mentiras, por eso, lo primero que oímos es un categórico ¡Mientes Peer! y él le contesta que no, que no ha mentido para nada. En realidad esa era la manera en que Peer pudo sobrevivir aplicando aquello de… miento, luego existo, como si fuese la cita de Vargas Llosa en un anuncio en El País: En la literatura siempre encontré la verdad de las mentiras.

Relacioné el Cuarto Cuadro del Tercer Acto lo que, por mi parte, viví con mi madre cuando tenía su cabeza claridosa, aunque sus facultades se habían venido a menos o a casi a nada: ya no podía hablar desde hacía años porque se le pegaron las cuerdas vocales y, por eso, hablaba a señas o con los ojos, con esos ojitos sumidos que le brillaban cuando podía respirar normalmente y no tenía la angustia de los sofocos respiratorios… había días que se la pasaba luchando sólo para poder respirar.

Cuando iba a verla, se me ocurría distraerla contándole historias de El Economista que recién había fundado, así como, la fatiga y la angustia de hacerlo y mis relaciones con los Secretarios de Estado o las comidas con ellos y lo que era llegar a casa a las tres de la mañana y tratar de dormir pensando en Cova —su madre y mi abuela—, porque pensaba escribir un día su vida como novela, tal como la publiqué años después en 1995 como las Confesiones de Maclovia.

Cuando tenía que regresar a México no podía contenerme. Tal vez por eso, cuando terminó el cuadro de Peer Gynt, salí corriendo después de ver cómo es que moría Aase mientras Peer le contaba sus historias entre ellas que la llevaba volando con San Pedro donde se encargaría de que la dejaran entrar sin problemas. Mientras oía esto, sin voltear a verla, Aase había expirado.