sábado, 15 de abril de 2017

Para gozar la gloria...

Ciudad de México, sábado 15 de abril, 2017.—
Cambridge, Inglaterra.
Conozco pocas historias de amor tan apasionadas como la de Octavio Paz y Marie Jo Tramini desde el día que se conocieron en un barrio de Nueva Delhi en 1962, para vivir juntos a partir de 1964. Con ella a su lado escribió, entre miles de textos, una versión del Surandakanda cuando «Hanuman inspecciona el gineceo» y nos cuenta lo que había visto en esa estancia de las mujeres: «Aquellas que eran ríos: sus muslos, las riberas; las ondulaciones del pubis y del vientre, los rizos del agua bajo el viento; sus grupas y senos, las colinas y eminencias que el curso rodea y ciñe; los lotos, sus caras; los cocodrilos, sus deseos; sus cuerpos sinuosos, el cauce de la corriente…» como resultó la versión que nos ofrece Octavio Paz sobre esta saga.

Inspirado, en medio del movimiento, cuando su vida estuvo por un año en calma con ese silencio que tanto nos ayuda a ver desde otra perspectiva las mil y una imágenes, los recuerdos, los planes, las lecturas y los deseos que son parte del movimiento andando.

Mari Jo y Octavio en Cambridge.
Ese tiempo y espacio que tuvo Octavio Paz después de su renuncia en el 68, cuando aceptó la invitación de George Steiner para una Cátedra en Cambridge por todo un año a partir del mes de enero de 1970, donde llegó con Mari Jo a su lado para respirar hondo, conciliar sus ideas y escribir lo que sería El Mono gramático (de tan difícil lectura), antes de regresar a México para publicar la revista Plural de feliz existencia hasta el 76, cuando Echeverría en el poder, «le cobró la factura a Julio Scherer por romper con la tradición del periodismo dócil», como explicó Jenaro Villamil en Proceso.

Protegido en Inglaterra, como en su momento lo estuvo Erasmo de Rotterdam o Giordano Bruno huyendo de la Inquisición, Paz pudo renacer, alejado de las garras del poder, para evaluar su posición, considerar sus planes a futuro y permitir que Eros le tomara la mano sin que se la soltara. Hacía seis años que vivía con Mari Jo, esa corza que conoció en la India con quien se enamoró con una de esas pasiones como la que expresa en la traducción del poema To His Mistress Going to Bed (Elegía antes de acostarse) de John Donne (1572-1631), cuando estaba inspirado, como sucede si estamos al lado de la mujer que tanto nos gusta:

Ven, ven, todo reposo mi fuerza desafía… Tu ceñidor desciñe, meridiano que un mundo más hermoso que el del cielo aprisiona en su luz; desprende el prendedor de estrellas que llevas en el pecho por detener ojos entrometidos; desenlaza tu ser, campanas armoniosas nos dicen, sin decirlo, que es hora de acostarse.
   Ese feliz corpiño que yo envidio, pegado a ti como si fuese vivo: ¡fuera! Fuera el vestido, surjan valles salvajes entre las sombras de tus montes, fuera el tocado, caiga tu pelo, tu diadema, descálzate y camina sin miedo hasta la cama…

   Deja correr mis manos vagabundas atrás, arriba, enfrente, abajo y entre, mi América encontrada: Terranova, reino sólo por mí poblado, mi venero precioso, mi dominio.
   Goces, descubrimientos, mi libertad alcanzo entre tus lazos: lo que toco, mis manos lo han sellado.
   La plena desnudez es goce entero: para gozar la gloria las almas desencarnan, los cuerpos se desvisten.

Por este tipo de inspiraciones es que puede uno confirmar la pasión, el amor y la libertad que sentía Octavio Paz al lado de su mujer, al tiempo que meditaba, observaba y consideraba todo lo que podía hacer en el futuro en ese tiempo tan apacible y tan necesario como el que tuvo durante su estancia en Cambridge en 1970, entre los árboles y el río de esa ciudad, al lado de su mujer para que pudiera darle continuidad a sus ideas y llegara a plasmar su propia capacidad crítica, como la que tanto extrañamos tal como la fue desplegando, año tras año, hasta el día de su muerte.
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