Ya tiene sabor a sal mi pensamiento

Ciudad de México, sábado 8 de abril, 2017.— 

Paseo a orilla del mar de Joaquín Sorolla (1863-1923).
El mar, el mar, dentro de mí lo siento. Ya sólo de pensar en él, tan mío, tiene un sabor de sal mi pensamiento, como escribió José Gorostiza para leerlo, pensarlo y sentirlo antes de irnos a pasar unos días a la orilla del mar o ver la obra de Joaquín Sorolla para imaginar estar allí, rodeado de esas bellezas, con la brisa del atardecer y la sensación de tener las camisas al aire como a veces las traemos en vacaciones.

Estoy convencido del arte como terapia porque sé que es una manera de vernos reflejados o de recordar esos momentos cuando hayamos regresado y ya no estemos más en la playa para volver a ver el cuadro de Sorolla y recordar aquellos días cuando despreocupados caminábamos a la orilla del mar compartiendo el gesto complaciente de la esposa, de la hija o de la nieta, agradecidas de estar ahí y, fuera de la rutina, platicar de nuestras ilusiones, sueños y esperanzas —que nunca mueren—, antes de regresar a enfrentar los problemas ahora que hemos aprendido a vivir en la dificultad.

Ver la playa como la veía Sorolla con todo y los parasoles que las cuidan del sol y los beneficios de la brisa que humedece la piel y nos hace sentir que estamos en libertad o nos hace creer, por un momento, que los problemas se quedaron quién sabe dónde mientras volvemos a plantarnos, bien plantados, en el presente.

Sorolla ha de haber hecho todo eso que hizo por gusto y por eso pudo transmitir esos instantes durante sus vacaciones en la playa de Valencia donde pudo captar la luz y la alegría y todo parecía que todo estaba bien y que se podía alcanzar uno de los tantos sueños, parte de la vida, antes de que todo se convierta en silencio y negra negritud. 

Y como proponía Alain de Botton, de repente, voltear a ver Las nubes como las que pintó John Constable (1776-1837) para respirar hondo y reconocer que el espacio es más amplio que la cáscara de nuez donde vivimos o trabajamos y, al mismo tiempo, intentar reconocer si las que vemos son asperitas, las de los altos estratos o cavum, las del agujero bien puesto o cauda que tienen cola sin que se la pisen, y todas, en constante transformación para jugar a lo que se parecen: un camello, o una ballena, o un gigante gruñón.

Y otro día, tener tiempo para volver a ver el retrato de Madame Antonia Devaucay que hizo Ingres en 1807 y que tanto nos conforta al verla con la idea de sentarnos con ella a platicar de nuestra vida, seguros de que nos va a confortar o ver esas otras de Vermeer (1632-1675) para apreciar lo que se llama la ‘vida íntima’ como la de las mujeres que pintó en su casa de Delft: ya sea la que está embarazada y bien vestida de azul cielo, leyendo una carta de su amante o la que sirve la leche quitada de la pena o la joven de la perla o la que suspende su clase de guitarra para levantar la cabeza y soñar, por un instante, en el amor de sus amores.

A través del arte podemos conectar los deseos y apaciguar nuestras frustraciones para disfrutar un poco más de la vida íntima que tanto nos gusta en esta etapa de la vida y, darle así, el sentido y la dimensión que se merece.

Por lo pronto con el poema de Gorostiza y el cuadro de Sorolla se me hace tarde para irme a caminar a la orilla del mar, porque déjenme decirles que, para estas alturas, ya tiene un sabor a sal mi pensamiento.