sábado, 6 de mayo de 2017

La errata del inconsciente

Ciudad de México, sábado 6 de mayo, 2017.—

Diagrama de los dedos de las manos para escribir.

¿Qué será lo que me quiere decir el inconsciente desde hace rato y no le he hecho caso hasta ahora? Resulta que cada vez que tecleo una palabra que termina en ‘amente’, como ‘dramáticamente’, escribo, no sé por qué, ‘amante’, y lo que garabateo es ‘dramaticamante’, para reconocer, una vez más, la errata del inconsciente.

Se trata de uno de esos mecanismos que existen y que conocí hace años cuando estuve en psicoanálisis (1965-1975). Por eso, ahora puedo reconocer el origen de lo que me pasa y que no pudo remediar. Puede ser uno de esos deseos o una especie de nostalgia agazapada en alguna parte de nuestro ‘yo’, allá donde se deposita lo que pasa por encima o por debajo del consciente, sin saber, bien a bien, por dónde es que se cuela. 

Pero, eso sí, cada vez que quiero escribir ‘peligrosamente’, funciona esta extraña conexión entre los dedos índices de las manos (que son con los que escribo, hasta eso, con buena velocidad), en donde el espíritu chocarrero de las erratas atacan de nuevo y resulta que sale ‘peligrosamante’ en un especie de lapsus digitus que estoy tratando de exorcizar, aunque tal parece que no es algo tan críptico porque sé que viene ‘directamante’ del inconsciente —de plano, lo dejo así para que ustedes entiendan mejor lo que me pasa. Sin ser experto en la materia, he descubierto la fuerza y el poder del inconsciente, sabiendo que es una instancia cuyos contenidos aparecen en algún momento dado en los sueños, en los lapsus, chistes, juegos de palabras, actos fallidos o síntomas que, según Freud, tienen la particularidad de ser a la vez algo interno al sujeto y externo a la consciencia, que aparece cuando se le antoja.

‘Amante’… de eso se trata, como la paráfrasis del famoso monólogo de Hamlet ‘ser o no ser’, tal como lo tradujo Tomás Segovia en donde, en lugar de que vaya seguido de… ese es el problema, prefirió hacerlo con… de eso se trata, como ‘efectivamante’ (una vez más, ¿no les digo?) hay que considerarlo en esta vida.

Alejándome de esos asuntos filosóficos, vuelvo al tema que traigo entre ceja y ceja o entre dedo y dedo este asunto porque, ‘definitivamante’ recuerdo que cuando nuestra pareja la vivimos como tal, vivimos esa carga emocional tan atractiva porque resulta ser un tipo de amor que nos permite convertir lo temporal en eterno y, muchas veces, nos hace perder la razón para entrar, si es que así se puede decir, allí donde no existe el tiempo, para fundirnos en el paraíso de lo eterno.

No falla: el inconsciente me quiere decir algo que tiene que ver con aquello que está a flor de piel y que, por lo pronto, sale a flote abandonado su casillero, para que quede por escrito, tomado directo del inconsciente, queramos o no.

Es una errata diferente a la que ya les he contado —que me cae muy en gracia, como buen editor— y que aparecerá en mi próximo libro Fe de erratas, en la vida de un editor improvisado (Bonilla y Artigas Editores, 2017), en donde cuento lo que le pasó a Blasco Ibáñez cuando se levantaba la tipografía con letras de plomo para formar la caja de texto. El manuscrito decía: “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el ceño fruncido”, pero lo que apareció en el libro fue que doña Manuela “se levantó con el coño fruncido”, como nos puede pasar a cualquiera de nosotros, es decir, la errata, no la manera como amaneció doña Manuela quien, por culpa del inconsciente del tipógrafo, como la de su servidor, se vio rebasada por el inconsciente que siempre llega de manera inesperada para causar un cierto desasosiego.
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