sábado, 24 de junio de 2017

En el verano: los sueños y los recuerdos

Ciudad de México, sábado 24 de junio, 2017.—

Claude Monet (1840-1926).
El pasado miércoles 21 fue el solsticio de verano, el día más largo del año cuando el sol llega a su extremo Norte antes de salir para curvar el cielo por más de doce horas de las 7:13 a las 20:36 en Guadalajara para que poco a poco vaya recortando su recorrido hasta que el 21 de diciembre llegue al extremo Sur marca del solsticio de invierno, cuando resulta ser el día más corto del año. 

Y así las cosas, cada vez que se acerca el verano, sueño, pienso y recuerdo esas temporadas cuando el tiempo se extendía como si las horas se hubieran estirado, vacías, para llenarlas vagando por las calles, jugando al tenis o nadando y esperando que llegara julio para pasar ese mes en Chapala, porque en agosto pasaban por mi a la Villa para pasar ese mes en el rancho de Santa Bárbara, cerca de Tepatitlán, con toda la familia paterna, como nunca en el año nos juntábamos y donde se platicaban historias de la vida y las tías Raquel y Anita sacaban los cirios a la hora de la tormenta inclemente y, todo esto, contrastaba con las fiestas que sucedían en Chapala desde que amanecía con algunos planes inocentes y divertidos como ir en burro hasta San Antonio para que aquellas que dudaban conquistar galán, ponerle veladoras a ese Santo, cruzando los dedos para que no resultara, como bien sabían en otros casos de los anti milagros, cuando su pareja resultaban ser como los protagonista de Mad Max; también le pedían a Dios que las agarrara confesadas porque en el verano, estando en Chapala, nacía el deseo tal vez por el yoduro de la laguna, provocando que las feromonas pulularan por los aires.

Era tiempo de andar con la camisa al aire y dejar que las horas marcharan a su ritmo desde que despertábamos —en casa de Foy Urrea—, mucho antes atacar con los tequilas de La Viuda y sus charales de botana, trazando en el aire esas ilusiones con las muchachas en flor que, transformadas —o serían nuestros nervios— con esos vestidos strapless, eran parte de la coreografía de la Consagración de la Primavera de Stravinski.

Soñar como se sueña cuando se es joven y el mundo está abierto a toda clase de posibilidades; ahora, cuando ya ha pasado el tiempo, meditamos al atardecer como en una pintura de Claude Monet en donde siempre me he imaginado ser el personaje de la barba blanca que trata de conciliar el pasado recorriendo los caminos que se bifurcaron mientras caminábamos entre la ilusión y la realidad, hasta confirmar que lo importante que es estar aquí y ahora.

Por la noche nos enfilábamos a la Villa de Monte Carlo en donde ya escuchábamos la música y el corazón se nos salía de la emoción de saber cómo nos iría esa noche, bailando bajo el laurel de la India con una luna que disfrutaba la algarabía asomándose entre el follaje para vernos bailar y hacernos un guiño para que no perdiéramos el ánimo. 

Algunas ya tenían la flor entreverada que, sólo de recordar su olor, caen, como las noches de lluvia, todos los veranos de mi adolescencia que pasé en Chapala disfrutado de la vida sin mayores ambiciones excepto estar ahí y entonces.

Enamorados del amor, admirando la belleza a más no poder, imaginando quién sería esa que mañana por la tarde-noche aceptara que descansáramos en su regazo durante la lunada sobre la arena de la playa, mientras veíamos, como no he vuelto a ver, una Luna roja e inmensa. Y después de estos recuerdos, mejor, como decía Octavio Paz, aquí me planto, habito mi presente.