Cuando se pierde, se gana

Ciudad de México, miércoles 19 de julio, 2017.— 

Marin Cilic (1988-) en la final de Wimbledon.
Al prender la TV para ver la final de Wimbledon veo a Marin Cilic (se pronuncia ‘Cilich’), sentado en la banca tapándose el rostro con una toalla, llorando sin que yo supiera si era por un dolor físico o por uno de esos que dicen que son del alma. Se me hizo nudo la garganta: me puse en su lugar, recordando cuando había estado en otro tipo de torneos, también con un estrés de varios días, semanas o meses, cuando quería comerme el mundo a puños, demostrar lo que era capaz de hacer y no poder lograrlo hasta caer súbitamente en una depresión mayor o en un nervous breakdown incontenible.

Los asistentes que estaban a su lado no sabían qué hacer, mucho menos su entrenador o los amigos que lo veían desde la barrera con el ceño fruncido por la disonancia que se produjo como si de imprevisto se hubiera roto una cuerda.

Este joven de 29 años nació en Medjugorje (‘entre las montañas’) en Bosnia-Herzegovina, un pueblo de unos cuatro mil habitantes de etnia croata con un clima del mediterráneo más bien suave en donde dicen que se está apareciendo la Virgen de la Paz. Ahí nació en 1988 en medio de nada, hasta que un día tomó la raqueta y no la volvió a soltar, para competir mientras crecía hasta llegar a medir 1.98 metros y tener un saque y un alcance como pocos pueden tenerlo. 

“No he llorado de dolor —dijo—, he llorado de impotencia” y por eso logré identificarme con él y ya no pude seguir viendo la final porque sabía en lo que termina cuando nos agarra la mano el chango y no nos permite seguir adelante.

La maldita impotencia frente a los poderosos, frente a los que creen tener la razón y sin habernos preparado en el ‘trabajo interno’ para vencer esos momentos, como lo explica Timothy Gallwey en The Inner Game of Tenis, libro que tenía cerca cuando jugaba tenis en Cuernavaca por placer, para disfrutar de los partidos o del sol, cuando me di cuenta que en el tenis no hay tiempo para recuperarnos de los errores, como en el golf, donde caminamos antes de pegarle a la pelota, mientras respiramos hondo y nos relajamos para retomar el principio básico de lo que hacemos: jugar.

Lo comenté con mi esposa y se llevo las manos a la boca. Es una escena que nadie comenta porque las luces se fueron, con razón, al otro lado de la cancha con el ganador que se lleva todo y arrasa hasta con los sentimientos. 

Desde ayer me he quedado atorado y por eso lo desahogo escribiendo, pues gracias a la empatía, recordé que me pasó algo parecido hace mil años en El Economista, después de los primeros meses de tensión y logros, llegábamos, como si fuera Wimbledon, a buscar el triunfo y conseguir anuncios que tardaban en llegar. En una comida, después de un discurso más o menos racional, aprendido en otras canchas, son poder controlarlo, se me cerró la garganta y, como Cilic, tenía ganas de taparme la cara con la servilleta, como si fuera una toalla con esa rabia que nos puede dar cuando nos sentimos impotentes. 

“Eres un héroe —dijo Roger Federer al término del torneo— siéntete muy orgulloso de lo que has hecho” y aunque nadie me dijo esto en aquel momento, ahora me siento como si lo hubiera sido para mi consuelo hasta salir de la cancha en donde había perdido, al tiempo que aprendí que de la derrota hay tantas cosas que aprende uno que estoy seguro de haber ganado.
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