Tejer y destejer los nudos

Ciudad de México, sábado 29 de julio, 2017.-

--> Parados: Catalina Corcuera, Gabriela Cabezut, Isabel Cortés; Paty, Marta, Alejandro, Andrés y Lety Casillas; Lety Gómez Ibarra, yo, Gabriela y Joseana Casillas. Sentados: Carlos Casillas, los dos nietos Gutiérrez Casillas, Martín y Joaquín Casillas
Hace una semana viajamos al pasado con la intensidad de la lucha que se establece entre los recuerdos y el presente, hasta que logré que el pasado se sobrepusiera en vista de la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos, como decía Proust.

Convocados por Alejandro Casillas Gutiérrez fuimos a Tepa en donde antes que nada, visitamos la Plaza de Armas y la parroquia de San Francisco con esas dos torrecitas que parecen minaretes. Cuando entramos, resonaba la voz del cura Reynoso, al tiempo que recordaba esa anécdota que un día me contó mi tío Jesús, cuando el cura deseaba que en la próxima procesión cargaran la imagen las jóvenes vírgenes que había en Tepa. Para eso, pasó lista desde el púlpito llamando a las presentes: ¡Fulanita González!… y por allá, con una vocecita quebrada respondía: ¡Ya yo ya! Finalmente, la imagen la cargaron los rancheros que no pasaron por esa prueba de fuego.

A mediados del siglo pasado, la tía Anita Casillas (1896-1986) comenzó a pulso un asilo que luego se convirtió en orfanatorio. Ahora es el Instituto Ana María Casillas Cruz al poniente de Tepa, un Instituto en donde Alejando Casillas es su Presidente del Consejo que quería conociéramos esa obra ahora a cargo de la madre Josefina, una joven y bella misionera, simpática, ingeniosa, originaria de los Altos de Jalisco que vive entregada en cuerpo y alma a las cincuenta niñas y a los diez chiquillos que cuida, alimenta y educa mientras nos contaba toda clase de historias, como las que usted se puede imaginar que brillan como el sol en un patio recién llovido.

Conocimos al más pequeño de los huérfanos: un niño que han resucitado y que ahora tiene dos meses. Estaba en brazos de una de las madres, entre los triciclos, las maromas y el ‘uno dos tres por mí’ de las niñas que oíamos mientras entramos al dormitorio con sus camitas y colchas rosadas, bien tendidas, con un florero pequeño en cada una de sus mesitas de noche.

Han vuelto a la vida –pensé–, hasta que lleguen a la pubertad y tengan la angustia de volver a abandonar el paraíso para enfrentar la soledad, quién sabe dónde, y quién sabe con quién, solas con lo que hayan aprendido en el instituto en donde han comido y dormido calientitas, gracias al amor, la ternura y los principios muy de Tepa que serán los pilares que las sostendrán por el resto de su vida.

Hace casi un siglo empezó la tía Anita con un asilo que luego fue un orfanatorio y una escuela abierta al público para más de ochocientos jóvenes en una labor de toda su vida, por eso, nos comentó la madre Josefina, se ha iniciado su beatificación.

El domingo nos fuimos a la Villa Aurora de Casillas, la granja de Alejandro cerca de Santa Anita, donde ha sembrado nogales, para recoger las nueces en el otoño, en donde, además pastan unas ovejas que cuida José Luis, el fiel pastor de por vida, y Teo, su perro ovejero. Ese día, sentados en la terraza, recordamos viejas historias y contamos otras que inventamos con todo y los nudos hechos y deshechos que son parte de nuestra genealogía, antes de ver las fotos de la familia y las de la tía Aurora, más bella que María Félix, unas sombras plenas de ausentes, como lo seremos un día, mientras confirmo que la realidad no se forma más que en la memoria, justo lo que hicimos, tejiendo y destejiendo esos hilos y nudos que se hacen con el mismo estambre del que estamos hechos.