Cual resquebrajadura en una taza

Ciudad de México, sábado 16 de septiembre, 2017.-

--> Entrada del Ejército Trigarante: Iturbide y Guerrero en 1821.    

Pero ¡qué turbación la del que tiene que volar al salir del regazo! ¡Como asustado de sí mismo, rasga en zigzag el aire, cual resquebrajadura en una taza! –dice Rilke en una de sus Elegías de Duino. Sí, qué trabajo nos cuesta salir del cascaron y volar o cortar el cordón umbilical para ser libres e independientes y poder vivir de una mejor manera después de habernos formado en un huevo o en el oscuro y paradisíaco vientre materno. 

Deseamos caminar con la camisa al aire sin importarnos las caídas ni el zigzaguear de un lado para el otro antes de tomar altura o poder brincar dando de patadas al aire como los becerros pedorros cuando los sacábamos al potrero.

La separación se vive en lo personal y en lo social y va desde el individuo, pasando por la familia, región o país y, en cada caso, al final escribimos la historia de esos círculos concéntricos que van del pequeño al nacional, cuando rompemos las cadenas para ser lo que nos habíamos imaginado después de diez años de forcejeo, hasta que un día, por fin, firmamos el acta: “La Nación Mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido. Los heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados, y está consumada la empresa, eternamente memorable… Restituida, pues, esta parte del Septentrión al ejercicio de cuantos derechos le concedió el Autor de la Naturaleza que reconocen por inimaginables y sagrados las naciones cultas de la tierra; en libertad de constituirse del modo que más convenga a su felicidad; y con representantes que puedan manifestar su voluntad y sus designios; comienza a hacer uso de tan preciosos dones… independiente de la antigua España, con quien, en lo sucesivo, no mantendrá otra unión que la de una amistad estrecha, en los términos que prescribieren los tratados… a veinte y ocho de septiembre del año de mil ochocientos veinte y uno, primero de la Independencia Mexicana.”

La firma apunta la primera etapa de los mitos: la separación, como la que ahora celebramos antes de la iniciación, como le dicen a esa etapa plena de venturas y desventuras como la vida misma y como la vivió Ulises desde que salió de su casa hasta que regresó veinte años después, cuando se registra la tercera etapa o el retorno, cuando llegó disfrazado y el único que lo reconoció fue Argos, su perro, que lo vio, movió la cola y palmó.

En el retorno pisamos tierra y nos dedicamos a contar nuestras historias como las contó Flavio González Mello en esa obra de teatro tan bien recordada: 1821, el año que fuimos imperio, en donde disfrutamos de las peripecias después de haber cortado el cordón con España sin saber, bien a bien, qué clase de gobierno asumir.

Enfrentamos los conflictos como lo imaginé en Las batallas del General (Planeta, 2002), con esto que me salió del alma: Nadie sabe lo que le depara el futuro. Cuando hay calma, no puede uno imaginarse la tormenta que se avecina; si hay silencio, se puede dar la explosión que nos deja sordos y todo, aparentemente, se mueve dentro de un vaivén caótico que invade nuestra vida cotidiana queramos o no.

Así vamos por el milenio, vivos y coleando en medio de huracanes, temblores y toda clase de sucesos sin importarnos que... el mundo nos agobie. Lo organizamos. Pero se derrumba en añicos. Lo organizamos otra vez y, entonces, nosotros mismos caemos rotos en menudas trizas, como los buenos poetas pueden decirlo una vez que han llegado al fondo, como Rilke lo hizo durante el tiempo que estuvo escribiendo sus elegías en Duino, Italia.
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