El amor, inamovible como un faro

Ciudad de México, sábado 24 de febrero, 2018. –

Inamovible como un faro que ayuda a los que pueden naufragar.

Publicar un libro es como tener un hijo, por eso, me permito hablar del recién nacido por segunda ocasión para comentarles algunas de las características de esta nueva versión de los Sonetos de Shakespeare (Asterisco 1, 2017), lejanos a la realidad que nos mantiene cautivos.

Mejor la ficción en muchos sentidos, sobre todo, si a través de ella nos hablan al oído para que podemos entender y aceptar que la mayoría de los sonetos, como los numerados del 18 al 126, están escritos para un joven noble con quien la voz del poeta mantiene una relación homoerótica, al tiempo que va desplegando un abanico de sentimientos que empiezan con la admiración, pasando por el respeto y el amor, la ausencia, los celos y la muerte.

Al final del 127 al 154 nos cuenta sus amores con una morena que le pone los cuernos con su amigo y el primero, desesperado, le dice que está bien, que tome todos su amores, sí, que los tome todos, pues, ¿qué tendrás ahora de más que no hayas tenido antes?

Sí, me costó trabajo aceptar que en esta segunda tanda están dirigidos a un joven de la nobleza hasta que consideré las cosas desde el punto de vista isabelino y entendí la posible fascinación que pudo tener un poeta provinciano con un joven de la nobleza: poderoso, rico, culto, extravagante y seductor como los que conoció cuando ponía sus obras en la corte de la reina Isabel.

En esa época los poetas, actores y dramaturgos eran del lumpen, es decir, lo más cercano a la nada, como dice Borges en Anything & Nothing sobre Shakespeare, quien “a los veintitantos años se fue a Londres e instintivamente, se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien, para que no se descubriera su condición de nadie; allá encontró la profesión a la que estaba predestinado, la del actor, que en un escenario, juega a ser otro, ante el concurso de personas que juegan a tomarlo por aquel otro.”

La distancia entre él y un noble sólo podía existir en la ficción de su poesía. Ahí podía discutir con él de tú a tú, tal como lo hace en cada soneto en donde parece que responde a una pregunta que le podría haber hecho su amigo, como en el 116, cuando su amigo le sugiere que si todo cambia, también cambiar su relación. Tal vez, preparaba la salida. Entonces, la voz del poeta le responde directo y a la cabeza y le dice que nada de eso, que el amor es algo inamovible, como la estrella Polar o como un faro que guía a los que pueden naufragar: El amor no es juguete del Tiempo a pesar de esos labios y mejillas rosadas que son parte de la hoz curvada por venir; el amor no se altera con las breves horas, ni con las semanas, sino que perdura hasta el borde de su ruina.

Tardé en aceptar esa relación pero, cuando pude, los he disfrutado mucho, pues los escribía como si fuera un sueño imposible, en donde se podía relacionar aunque ellos estuvieran encumbrados en el poder, como lo estaban el conde de Southampton o el de Pembroke, sobre todo éste último en el reinado de Jacobo I, pues ese conde fue quien patrocinó el Primer Folio con las obras completas de Shakespeare en 1623: Algunos presumen de su linaje, otros de su destreza, alguno de su riqueza, otros de la fuerza de su cuerpo o de sus atuendos, aunque la moda sea ridícula pero ninguna de estas particularidades están a mi alcance: a todas las supero con un bien mejor.

Y una vez que aceptamos y toleramos esa posible relación, no nos importa que en algunos sonetos podemos sustituir el género, de todas maneras los sentimientos e historias se van acomodando en esta rueda de la fortuna que, a veces, nos orilla al vacío.