Empatía con los emigrantes

Ciudad de México, sábado 4 de marzo, 2018. – 

Éxodo de tres millones de venezolanos a Colombia.

Los venezolanos nunca pensaron que un día tendrían que emigrar por necesidad, mucho menos a principios de los 70’s cuando viajé con varios de ellos por Estados Unidos y Canadá en el programa IBM Latinamerican Professor’s Tour. Los venezolanos eran los más ricos de Latinoamérica y ahora son tres millones los que han salido exilados a Colombia, con una mano por delante y otra por detrás. Se dice fácil, pero es una crisis nunca antes vista. 

Imaginarse que un día podríamos ser nosotros los que tuviéramos que dejar todo es un buen ejercicio de empatía. Conocí a algunos refugiados argentinos en donde llegué a percibir con claridad, entre otras cosas, lo que señala Antonio Muñoz-Molina que les pasa a los inmigrantes: “el que sabía explicarse con toda la rica fluidez de su idioma y el pleno domino de sus referencias culturales visibles o implícitas, ahora –en el exilio– parece confinado a una tosquedad preverbal.”

Sin que hayamos podido resolver la emigración hacia el Norte, el señor Trump nos amenaza diciendo que “México envía a gente con problemas… Están trayendo drogas. Están trayendo crimen. Son violadores… por eso, construiré un gran muro… créanme que lo voy a construir barato, haré que México lo pague”, y con eso, nos hace objeto de burla y discriminación.

A Europa llegan africanos, musulmanes, sirios, iraquíes y llegan en unas barcas atascadas donde no todos sobreviven. Atracan en Lesbos o en la isla de Lampedusa antes de instalarse en cualquiera de los países de la Unión Europea en donde algunos los tratan lo mejor que pueden. Recuerdo a los ingleses rechazaban a los paquistaníes, como lo contaba María Luisa Puga en “Ramiro” (Accidentes, MCA, 1981): un joven mexicano tenía que ponerse este letrero: «I’m not a Paqui, I’m Mexican». El día que se le olvidó, lo confundieron y lo mataron a golpes en una estación del Underground.

La empatía que expresa Tomas Moro en la obra con el mismo nombre escrita por Anthony Munday (1560-1633) en colaboración con Shakespeare, quien escribió las 147 líneas del discurso que hace Moro para detener a los manifestantes en contra de los inmigrantes que deseaban los expulsaran por indeseables:

“Vamos a suponer que aceptemos y que ya han sido expulsados gracias al ruido que han logrado hacer, reprendiendo a la Majestad de Inglaterra. Imagínense ahora que ven a esos pobres extranjeros cargando a sus hijos en las espaldas y con unos bultos como equipaje, arrastrando los pies rumbo a los puertos para exilarse; imagínense que ustedes se han quedo sentados como reyes de sus deseos y que han silenciado a las autoridades con sus amenazas y, mientras que ustedes abrigan su opinión con sus gorgueras plegadas. 

"¿Qué es lo que han logrado? Yo se los voy a decir: han mostrado de esta manera cómo la insolencia y una mano fuerte se puede imponer y cómo es que el desorden se puede sofocar, pero al mismo tiempo, sepan que por eso, ninguno de ustedes llegará a viejo porque otros rufianes, iguales o peores que los que ahora temen, les aplicarán la misma mano dura, las mismas razones y derechos y esos hombres, como unos hambrientos peces, se comerán los unos a los otros.”

Shakespeare vivió unos años en Silver Street, al norte de Londres, en el barrio de los inmigrantes franceses. Era una zona apacible, lejos de las tabernas y los burdeles. Ahí los conoció y llegó a apreciarlos tanto como para poner en esa obra lo que pensaba de ellos y, de paso, hacer un ejercicio de empatía con la horda para que se imaginaran que, un día de esos, ellos podrían ser los emigrantes –como ahora los venezolanos– que, a donde llegaran, les podían aplicar “la misma mano dura, las mismas razones y derechos y, esos hombres, como unos hambrientos peces, se comerán los unos a los otros.”