Homenaje al silencio

Ciudad de México, sábado 7 de abril, 2018. – 

La Antártida: El silencio en la era del ruido.

Cuando se da uno cuenta de los beneficios del silencio, dan ganas de mandarle un correo a nuestros editores para que, aparte del título, dejaran en blanco el espacio que ocupa las tantas palabras que escribimos cada semana. Estoy seguro que, de hacerlo, alguien se lo agradecería.

En plena recuperación, apreciamos el silencio que definimos como ‘urbano’, como este que envuelve la casa donde vivimos hace treinta años, lejos del mundanal ruido, en Tlalpan Centro, a unas cinco calles de la Plaza, suficiente para estar alejado de la manía de los delegados que aseguran que el ruido, los discursos, la música o lo que sea, es lo que desean sus habitantes, en lugar de respetar el benéfico silencio de la zona, con todo y sus pregoneros y los chorros de agua de las dos fuentes que la adornan.

Aprende uno a observar el paso del tiempo, el viento que mueve la Jacaranda y la sacude para que caigan sus flores, así como, en la madrugada, escuchamos el despertar de los pájaros en su atareada primavera, organizando su vida, su nido, la comida de sus crías, para luego, darse tiempo y poder bajen a la fuente para echarse un remojón que los refresquan de las fatigas de la crianza.

Me llamó mucho la atención El silencio en la era del ruido escrito por el noruego Erling Kagge (Ideas, El País, 1.04.18), “un hombre en permanente búsqueda del silencio que nos deja sin palabras”, un hombre que quiso experimentar la inmersión total en el silencio de la Antártida, presuntamente, el lugar más silencioso del planeta, para conocer y enfrentarse a ese vacío durante más dos meses seguidos. Dice haberse fundido con la Naturaleza y que su cuerpo ya era parte del viento, del sol y del blanco de la nieve. Durante su estancia se dio cuenta que nos la pasamos huyendo de él.

Pero tal vez el más completo de todos los silencios que he experimentado, más vigoroso que el de la Antártica, es el de la anestesia total: a la una, a las dos y a las tres… y en un instante, fulminante, se hizo presente la nada, el silencio total y absoluto como imagino que sucede después de expirar. Dos horas después, la resurrección se convierte en una experiencia inolvidable. Sí, efectivamente, “lo demás es silencio”.

Sigo recordando el paso del ruido de los cirujanos y anestesistas, a la nada, al silencio total, sin recordar absolutamente nada. Diferente a lo que pasa cuando caemos cada noche en el inocente sueño, el sueño que entreteje su enmarañada madeja con cuidado, la muerte de cada día, el baño para la fatiga, el bálsamo para nuestra mente dolida, segundo plato de la Naturaleza y principal elemento del festín de la vida, como se quejaba Macbeth cuando se dio cuenta que lo había perdido para siempre.

En la música el silencio es parte importante de las composiciones, por ejemplo, en donde lo incorpora Mahler en su Segunda Sinfonía (La Resurrección) que he escuchado esta semana varias veces con la Orquesta Real del Concertgebouw en la versión que propuso René Solís en Música en México. Mario Lavista popularizó, con muy buen tino, la cita de Rulfo tomada de Luvina, uno de los cuentos de El llano en llamas como epígrafe en cada uno de los números de la revista Pauta en donde aparecía de esta manera:

–¿Qué es? –me dijo.
–¿Qué es qué? –le pregunté.
–Eso, el ruido ese.
–Es el silencio.

Como pueden ver, en la literatura el silencio también tiene sus efectos diferentes a los musicales: los tres puntos suspensivos crean un vacío para que sean los lectores y su fantasía quien complete el parlamento con eso que se imagina hace falta.

Estos días hemos estado en reposo. De esta manera hemos vuelto a tomar conciencia de la importancia y el valor del silencio, ese, con el que nos apaciguamos y respiramos hondo hasta encontrarle un nuevo sentido a la vida misma.