Milestones

Ciudad de México, sábado 21 de abril, 2018. –

Joy sabe poner colores sobre una superficie plana...

El deseo de dar a conocer lo más relevante de la vida de aquellos que se han ido, tiene su origen en la antigüedad cuando los griegos empezaron a poner una señal en un túmulo de tierra o con varias piedras, antes de escribir el nombre del difunto y, con el tiempo, hacer una estela con su imagen o algunas escenas de su vida, además de poner una inscripción sepulcral, un epigrama en prosa o en verso, real o ficticio, escrito con precisión, por ejemplo, éste del año 125 d.C.: 

Éutico que las ciudades vio de muchos hombres y conoció la forma de pensar de quienes el inmenso mundo habitan. 

Se trataba de un comerciante. Ahora, en la modernidad los obituarios se publican como Milestones, ‘hitos, marcas o mojones’ como lo hacen en la columna del Times Magazine para enterarnos de lo que habían hecho aquellos que han abandonado el campo de batalla. Un poco antes, en la prensa local, anexaban los pésames de los amigos y parientes con unos textos en donde expresaban sus sentimientos antes que el difunto pasara al total olvido.

Los periodistas que escribían esos epigramas eran buenos para los textos breves, pues con un solo pensamiento ingenioso o satírico hecho con agudeza, podían dejar un hito, una huella del paso por el mundo con lo más significativo de su vida. En esa columna aparecían los famosos y los no tanto, hombres y mujeres que, para el editor, eran candidatos para ser publicados en esa columna.

Si existiera esta sección y fuese el editor de los Milestones, hubiese publicado esto a propósito de Sergio Pitol, quien murió el 12 de abril, inspirado en esto que escribió Jorge F. Hernández en El País

Sergio Pitol (1933-2018). Escritor que cosechó la alta literatura para volver a sembrarla, traducirla y hacerla florecer. Entre todas sus obras hay tres autobiográficas que culminan con El mago de Viena, después de El arte de la fuga y El viaje en donde podemos encontrar la totalidad de su inteligencia y sus habilidades literarias.

Al día siguiente, en esa misma sección, hubiera añadido el hito de la pintora Joy Laville (1924-2018) quien falleció en Cuernavaca el 13 de abril a los 94 años de edad.

Siempre me ha gustado la obra de Joy, de la que, además, considero es un buen ejemplo de ‘el arte como terapia’, pues esta obra siempre me provoca una ‘cierta serenidad’ con la que puedo respirar hondo para que el alma se acomode donde le corresponde.

Joy Laville era la viuda de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), quien murió en un accidente cerca de Madrid cuando iba en un ‘avión de redilas’ a una convención de escritores. Mortiz publicó sus obras completas con obras de Joy Laville, cosa que se entiende como homenaje, pero no se comprende como editor, pues, Los pasos de López o Los relámpagos de agosto nada tienen que ver con la serenidad que provoca la obra de Joy.

Se acompañaron todo el tiempo que pudieron: la inglesa con su oficio y su marido con la pluma afilada y los dos con su ingenio y sentido del humor. Cuando leemos una de las obras de Ibargüengoitia pensamos que es fácil escribir, como nos sucede igual si vemos la obra de Joy. Este sería el Milestone que hubiéramos escrito, tomando en cuenta lo que decía su marido:

Joy Laville (1924-2018). Nacida en Ryde, la isla británica de Wight quien se vino a vivir y trabajar a México acompañada de Jorge Ibargüengoitia quien decía que ‘Joy sabe ver, sabe recordar, sabe poner colores sobre una superficie plana y tiene la rara virtud de poder participar en el pequeño mundo que la rodea.

Así serían estos hitos o marcas al final del camino de estos dos artistas que han cruzado la meta y que, por su obra, consideramos que hay que recordarlos.