La alegría de leer a Juan José Arreola

Ciudad de México, sábado 5 de mayo, 2018.–
Yo señores, soy de Zapotlán el Grande.

Me acuso Padre de Todo.
–¿Cómo que de Todo?
–Sí, de Todo, de todo...
–Yo no puedo absolverte así nomás de todo. Barájamela más despacio...
–Pues ái le va.
..

Y ese ‘ái le va’ podrían ser todas y cada uno de las historias que nos cuentan las diferentes voces que vamos conociendo en La Feria (FCE, 1963), tal como lo imaginó Juan José Arreola (1918-2001) que este año cumple el primer centenario de su nacimiento y que en vida vivió ochenta y tres años navegando por el mar de su erudición, aprovechando el viento que tensa la principal para desplegarla sin importarle que el viento y la brisa con la que navegaba le permitió llegar a la meta con una cultura literaria universal que contenía todo lo que podía caber bajo el arco iris.

Arreola no distinguía la frontera entre la imaginación y la realidad y, por eso, a la menor provocación se desbocaba con la misma alegría con la que leemos sus cuentos –como decía Julio Cortázar–, llenando de luz las noches en vela con las voces de esas historias tan de provincia. “Partía del amor por su tierra para encomiar sus paisajes y gentes, hacer la crítica a las costumbres, contar su historia y recorrer de nuevo los vericuetos de la infancia, lleno de pequeñas glorias y de largas sombras”, como decía Hugo Gutiérrez Vega.

Todos los pecados y sus pecadores tienen voz en La Feria: los nativos, los terratenientes, el cura y Urbano, el sacristán encargado de tocar las campanas que casi siempre lo hacía borracho; ese  que va a confesarse y quiere la absolución ‘de todo’; Odilón, que ‘nomás anda buscando a esas muchachas que le hagan el áijale’; Fidencio, el comerciante de velas de cera y las beatas, los campesinos y unas voces sin nombre, aterradas por el temblor, así como, las fatigas de los hombres del campo a la hora del barbecho, la siembra o la cosecha si las aguas lo permitían; o la jovencita María Helena que va a Colima o viene a Zapotlán mientras abandona a su poeta enamorado en el despertar del sexo y los embarazos que luego regaban de chiquillos como los propios o al querido Marqués, a quien le gustaba ir de día al burdel de María la Matraca que estaba por la calle de Guerrero.

Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande–, declaraba Arreola nacido en aquel pueblo al sur de Jalisco del que siempre estuvo orgulloso y por eso declaraba haber nacido allí mismo, para ver si a las autoridades se les ocurría volver a cambiar el nombre que le han impuesto como “Ciudad Guzmán”, que tiene el apellido de un señor desconocido, sin prestigio ni sustancia alguna.

Varia invención (1949), Confabulario (1952) y La Feria (1963) son, entre otras, tres de las obras de este hombre iluminado en donde nos enteramos de las vidas, obras y pecados de aquellos que asisten cada año a la feria de Zapotlán, escrito como si fuera un apocalipsis de bolsillo con fragmentos de la tradición oral o escrita de ese pueblo imaginario al sur de Jalisco, tal como lo imaginó Juan José Arreola que hablaba y hablaba en TV con su pelo chino, sombrero de copa y una capa negra de mago como buen actor que era.

“... Si en mi mano estuviera, yo les aconsejaría a todos los visitantes que ya no vengan a la feria del año que viene. Estamos en la más completa decadencia, y no es porque yo ya me sienta viejo y cansado. Ahora todo lo veo como de mentiras y nadie se divierte de a deveras. Hasta los mismos danzantes ya no parecen de aquí, vestidos de artisela como bailarinas de carpa. Antes tan serios, tan ensimismados, con sus guaraches burdos y sus calzoneras de cuero. Ahora se ponen zapatillas de charol, con moño y tacón” y así, con este texto se despide el de Zapotlán el Grande que, en verdad, hemos leído con alegría.