Los tiranos y sus seguidores

Ciudad de México, sábado 30 de junio, 2018. –

Tyrant, la obra más reciente de Stephen Greenblatt.

Hemos visto que cuando los tiranos asumen el poder, destruyen su reino. Por eso, nos cuesta trabajo entender cómo le hicieron para llegar al trono y cómo son los diferentes seguidores que tiene y si hay alguna manera de detener la brutal caída antes de que sea demasiado tarde para prevenir la catástrofe y las instituciones que considerábamos sólidas, parecen frágiles. 

Stephen Greenblatt acaba de publicar Tyrant. Shakespeare on Politics donde nos ofrece varias respuestas a estas preguntas que se hacía Shakespeare en su tiempo y que siguen vigentes, entre otras cosas, nos ofrece con claridad el perfil de los tiranos y los mecanismos psicológicos de sus seguidores.

Si recordamos a Ricardo III de Shakespeare, resulta ser un hombre que logró ocupar el trono a pesar de los que lo conocían y sabían que era un autocomplaciente sin límites que disfrutaba al hacer el mal y tenía deseos compulsivos para dominar al mundo, además de ser un narcisista patológico, arrogante, sin sentido del humor y sin sentido humano que demandaba una lealtad absoluta –si no están con él, estaban en su contra–, ignorando los consejos y despreciando las instituciones, ¿nos recuerda a alguien conocido de nuestros tiempos?

Greenblatt encuentra las respuestas en las obras de Shakespeare y nos hace ver cuál es el costo que implica haberse sometido al tirano, además de la corrupción moral, la caída de la economía, el atraco al tesoro de la nación y la posible pérdida de vidas y las desesperadas, dolorosas y heroicas medidas que se requieren para que un reino o un país, que ha caído en manos del tirano, para que vuelva a tener una modesta salud. (Pienso en Venezuela y me tiemblan las rodillas).

En la época de Shakespeare no había libertad de expresión ni en el escenario ni en ninguna parte y había espías por todos lados: la reina Isabel I estaba amenazada por Roma y sus socios, como la España de Felipe II con su Armada Invencible y había declarado que no estaría en pecado aquel que la asesinara. 

Los espías en los teatros estaban listos para cobrar su recompensa si encontraban algo subversivo, como lo encontraron en La isla de los perros de Ben Jonson quien fue arrestado en 1597.

A pesar de vivir en este contexto, Shakespeare escribió varias obras sobre diferentes tipos de tiranos de otros tiempos y geografías para conocer cómo y por qué se coronaron aquellos individuos que no estaban preparados para gobernar y y entender cómo era posible que sus seguidores estuvieran de acuerdo con alguien que era tan peligroso, impulsivo e indiferente a la realidad.

Nos explica Greenblatt, basado en las obras de Shakespeare por qué permitimos que gobierne alguien que es deshonesto y cruel y su crueldad más que una desventaja es todo lo contrario: es la ‘atracción fatal’ de sus seguidores además de enteder cómo es posible que algunas personas bien educados y respetables se sometan a un tirano y permiten que diga y haga lo que se le antoja con un auténtico desplante de cinismo.

Hubiera sido suicida si Shakespeare se refiere directamente a la reina Isabel I en sus obras, por eso, trata sobre los tiranos de otras épocas y geografías: Coriolano y Julio César en la Roma antigua; el rebelde Jack Cade de la Segunda Parte de Enrique VI; la quintaescencia de los tiranos como Ricardo III y Macbeth, que son de la misma constelación donde se encuentra el emperador Saturnino en Tito Andrónico; Ángelo, el corrupto procurador en Medida por medida y el paranoico rey Leontes en Cuento de invierno.

Shakespeare tuvo éxito porque el público asociaba al tirano y sus seguidores del escenario, con los que conocía en la vida real, tal como lo podemos hacer antes de disfrutar el día que veamos cómo es que grita nuestro Ricardo III: ¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!