Contemplarlo todo con el alma tranquila

Ciudad de México, sábado 11 de agosto, 2018.–

La vista desde el divisadero del aire en La Oscurana, Tapalpa, Jal.

Pocas veces vive uno la experiencia de contemplar el paisaje y, al mismo tiempo, recordar cosas del pasado. Así sucedió mientras me senté en la pérgola del divisadero del aire, como le llaman a la casa que diseñó el arquitecto y escritor Juan Palomar Verea para Jose Dávila, artista contemporáneo tapatío, allá en La Oscurana de Tapalpa, donde se pueden ver las copas de los árboles hasta el nevado y el volcán de Colima, al tiempo que recordaba la infancia de la abuela Maclovia ‘Cova’ Cañedo, nacida en ese pueblo de la sierra en 1859 donde vivió con su madre y sus cuatro hermanos hasta que cumplió los diez años y cuando su padre los abandonó y las guerras habían concluido, decidieran mejor regresar a vivir a Guadalajara en la casa que estaba en la calle de Los Placeres (ahora Madero, esquina con 16 de septiembre). 

No sólo el fervor de esas fuerzas desplegadas, no sólo los caminos, no sólo las praderas en el atardecer, también la infancia de Cova jugando y escondiéndose ‘uno, dos, tres por mí’, hasta encontrarse por la risa incontenible. Mientras, el viento murmuraba entre el follaje meciendo las frondas de los valles y colinas, lejos de las inmóviles piedrotas o de la cascada, otra especie de vía láctea que cae y se estrella en el foso alborotando a los pájaros y los perros nos siguieran mientras caminábamos por el vivero de los árboles.

Cova pudo creer que el abandono de su padre era por su culpa. No sabía que hagamos lo que hagamos, tenemos siempre la actitud de quien se va... y nos estamos despidiendo siempre, como ella se despidió cuando era joven de Manuel Álvarez del Castillo y luego de otro enamorado y, ya mayor, de su marido.

¿Quién no sintió nunca la angustia de estar sentado ante el retablo de su corazón? Las nubes dejan pasar algunos rayos de sol sobre el campo y si estuviéramos un poco más arriba en La Oscurana, podríamos ver, al sureste, la presa que no existía en los tiempos de Cova y que ahora es la delicia para los niños con sus kayaks para salir a remar por el placer de sentir la libertad que les golpea las mejillas, sin importar que llueva. La verdad, esos días de vacaciones nos tocó un verano amable, una tregua en medio de los relámpagos de agosto.

Cova nació ahí y su madre se encargó de cuidarla. Se llamaba Maclovia González Hermosillo, nieta del coronel Santiago González, comandante de la Nueva Galicia quien, en la guerra de Independencia, estuvo con Pedro Moreno y Francisco Xavier Mina luchando en la fortaleza del Sombrero hasta que dio el grito deseado en la Villa de Encarnación.

Ver el paisaje y recordar el pasado para poder contemplarlo todo con el alma tranquila, como sugiere Lucrecio que lo hagamos en La naturaleza de las cosas, mimetizado por la belleza que nos rodeaba. De pronto, la punzada en el estómago por aquellas historias que escribí hace años, basado en los relatos familiares, la intuición y el deseo de desentrañar la vida de la abuela para entender mejor la propia.

Desde otro divisadero, como ese que se tiene El Ranchito, frente a la casa recién abierta, diseñada por el arquitecto y artista Francisco Ugarte, donde fuimos testigos de la metamorfosis de las nubes correlonas en una niebla envidiosa que ocultaba por momentos la desnudez del bosque. Por la noche, alrededor de la fogata, vimos una que otra estrella.

Y así, recordando a la abuela y respirando puro-aire-puro pensaba en la aspereza de la vida y la larga experiencia del amor. Pero más tarde, bajo las estrellas, ¿qué importa? –bajo las absolutamente indecibles estrellas, como se le ocurrió al poeta Rilke aquellos días que estuvo en Duino escribiendo sus Elegías.