¡Eso es todo, amigos!

Ciudad de México, sábado 8 de septiembre, 2018. –



Para Antonio Saldívar Fdz. del Valle (1933-2018). 

 No le tenemos miedo, le tememos respeto. No queremos verla de cerca ni mucho menos, pero pensamos en ella de vez en cuando como Próspero antes de regresar a su ducado en Milán dice al final de La tempestad: «de cada tres pensamientos dedicaré uno a mi tumba». La conocemos por lo que nos cuentan y porque hace tiempo se llevó a mis padres, sí, hace tanto que ya no me acuerdo. A veces, vemos esa sombra que recorre los muros devastados por la guerra o se aparece en los accidentes, tifones y desastres de la Naturaleza o camina desnuda entre los migrantes que no llegan a puerto seguro. Parece lejana y es una de las certezas en la vida: todos terminamos en sus brazos.

De vez en cuando la vemos de cerca o pensamos que nos anda rondando como aquella vez que pensé era una de sus alumnas antes de entrar a la sala de operaciones, disfrazada de anestesista quien me anunció me atendería ‘en un momento más, cuando esté listo el quirófano’, antes de ponerme la mascara para que respirara hondo y quedara noqueado al instante: silencio, silencio absoluto, no relativo, ¡absoluto!, como será cuando suceda.

Después del regicidio, Macbeth creyó escuchar una voz que le decía: «¡No volverás a dormir, Macbeth ha asesinado al sueño!... ¡El inocente sueño, el sueño que entreteje su enmarañada madeja con cuidado! La muerte de cada día, el baño para la fatiga, el bálsamo para nuestra mente dolida, segundo plato de la Naturaleza y principal elemento del festín de la vida».

La muerte de cada día que practicamos desde que nacimos, aunque el silencio que lo acompaña es relativo: el viento, la llegada de las hijas en la madrugada, el ‘horizonte de perros’, el paso sigiloso por la calle, la música, hasta que un día escuchemos pasos en la azotea y le digamos: «¡Anda, putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo!», como escribió José Gorostiza en su poema sin fin.

Nunca tanta oscuridad: la más negra de todas las negruras producto de la anestesia esa que nos mandó a otro mundo por unas cuantas horas, ahí mismo, donde vagan las estrellas sin parpadeo alguno en la oscuridad total y no en esa cueva que vemos antes de dormir si tenemos los ojos cerrados y apagan la luz, para vernos sentados al borde de la boca de lobo, observando el cielo a ver si pasa una estrella fugaz.

Nada. La negra nada, acompañada del silencio total.

Sí, tenía razón el príncipe de Dinamarca cuando le pide a Horacio que cuente su vida, «(pues quedan tantas cosas no sabidas) y, si alguna vez me has alojado dentro de tu corazón, desentiéndete un tiempo de la felicidad y en este duro mundo reserva con dolor tu aliento para contar mi historia... Lo demás es silencio. (Muere).»

Sí, lo demás es silencio total. Y negrura también total.

No me disgustó entonces y ahora me asombra poder recordar esa sensación de oscuridad y silencio una vez que hemos perdido los cinco sentidos, y no tenemos idea dónde estamos: nada, la negra nada.

Por la mañana nos enteramos que nuestro amigo había muerto. Fuimos a dar el pésame pensando en lo feliz que pudo haber sido su vida y, así me confortaba de su pérdida. Pronto, como el rayo que nos ilumina, me di cuenta que era un anticipo de lo infalible. ‘¡Nomás no empujen!’, como decía Alex, su hijo.

Regresé a casa caminando un rato bajo la lluvia, brincando charcos. ‘Sí, creo que fue muy feliz’, seguía pensando. Ahora ya no tiene la madeja enmarañada para entretejerla, solo la negritud y el silencio y todo lo que discutía en vida, sigue rodando.

That’s all folks! 
Fin de las caricaturas que veíamos de niños. 
¡Eso es todo, amigos! 

Y así, caminando bajo la lluvia, me di cuenta que desde chico sabía que cada una de las historias tiene un fin, incluso la propia.