Aprender a vivir (mejor)

Ciudad de México, sábado 6 de octubre, 2018.-

--> Tenme paciencia Cordelia, olvida y perdona que soy viejo y loco, (Rey Lear 4.7.)    

Lo más importante de la vida es vivirla, arriesgarnos y experimentar con lo que nos enfrentamos mientras caminamos por la angosta brecha del tiempo. Al mismo tiempo, tratamos de entender quiénes somos y por qué actuamos de esa manera, aprendiendo de los errores, de los fracasos y de las metidas de pata para que, ojalá, no las volvamos a meter.

Desde joven me di cuenta que podía ampliar la experiencia agregando aquella que conocía a través de las novelas, los cuentos y algunos poemas. Desde entonces me di cuentas que podía crecer ese capítulo aprendiendo de los personajes y sus aventuras que, algunas de ellas, las vivía como si fueran propias, como me ha sucedido últimamente con las obras de Shakespeare:

Si la vida te permite leer las obras de Shakespeare, entonces, leyendo esas obras, podrás leer mejor la vida, dice Laurie Maguire, maestra en Oxford que escribió Where There’s a Will There is a Way or, all I really need to know I learned from Shakespeare’ o Donde hay un Will hay una salida o, todo lo que realmente necesitaba saber, lo aprendí con Shakespeare a la venta en amazon-Kindle.

La autora es una inglesa con buen sentido del humor que, al final, se pregunta qué clase de libro ha escrito, pues no sabe si es uno de auto-ayuda ilustrado con algunas obras de Shakespeare o una introducción a la obra del dramaturgo escrito de tal manera que la puedan entender y puedan mejorar su vida. Concluye aceptando que, en realidad, son las dos cosas.

¿Quién es ese que me pueda decir quien soy?, preguntaba el rey Lear a sus cortesanos, cuando estaba alterado después de haber repartido su reino entre dos de sus tres hijas que habían colmado su vanidad, mientras que, la tercera, la pequeña, la más querida, Cordelia, le dijo que no tiene nada más que decirle y, con eso, su padre enfureció sin entender que lo que quiso decir era que siempre lo había querido y por eso, no había necesidad de agregar nada más, mucho menos tal como lo que habían dicho sus hermanas para recibir su rebanada de pastel.

Cordelia le había demostrado en vida el cariño que le tenía, pero, el viejo, toma a mal su respuesta: la deshereda y exilia en un acto típico de una especie de demencia senil.

Cuando escribimos –decía Proust–, se trata de destacar, de sacar a la luz nuestros sentimientos, nuestras pasiones, esas que son al mismo tiempo las pasiones y los sentimientos de todos.

Si conocemos bien estas obras –dice Laurie Maguire–, ampliamos nuestra experiencia, sobre todo, si nos identificamos con sus personajes y establecemos paralelos entre causa y efecto, de tal manera que al verlas en el escenario o leyéndolas, entendamos lo que está detrás de lo que dicen –lo invisible, como es el paso del Tiempo–, incrementando nuestra experiencia en la carrera de obstáculos.

Al inicio del mileno empecé a leer las obras de Shakespeare sin importarme, porque no me había dado cuenta, que, para entonces, ya tenía sesenta años y como si nada. Resulta que esa experiencia se ha convertido en un parteaguas para el resto de mi vida que he disfrutado como ninguna otra cosa por lograr tener un mayor conocimiento del ser humano: Shakespeare nos ofrece un abanico de conductas y pasiones entre los recovecos y laberintos que recorren sus personajes para que cada quien se ponga el saco que le quede, si consideramos que estamos hechos a su imagen y semejanza.

Con esta interacción con sus personajes y sus circunstancias, resulta que Shakespeare se ha convertido en un especie de psicólogo con el que aprendemos a vivir mejor, si somos capaces de interiorizar a sus personajes y leemos entrelineas, como esto que decía el Rey Lear una vez que había pisado tierra: Cuando nacemos, lloramos por haber venido a este gran escenario de locos.

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Publicado en El Informador de Guadalajara el 6.19.18
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