La buena vida

Ciudad de México, sábado 9 de noviembre, 2019. –

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¿No estamos mejor aquí en el bosque...?


En contraste con lo que escribimos la semana pasada, ahora se antoja reflexionar sobre “la buena vida”, sobre todo, después que haber leído el capítulo The Good Life del libro de Jonathan Bate How the Classics Made Shakespeare (Princeton, 2019), en donde trae a colación lo que pensaba Epicuro en la antigüedad que luego Horacio lo resume como carpe diem (aprovecha el día), antes de especificar qué es lo que nos permite llegar a tener una buena vida: dice Epicuro que hay que aprender a vivir con moderación y considerar la amistad como una virtud cardinal sin que nos metamos en eso que está fuera de nuestro control, además de que prefiramos las cosas prácticas de la vida en lugar de las especulaciones metafísicas y, sobre todo, que nos alejemos de la ambición política para gozar, como conozco a algunas personas que lo hacen, de la “deliciosa soledad de cultivar su jardín”.

Shakespeare conoció la obra de Horacio y, por eso, encontramos en algunas de sus obras que desarrolla ese tema desde diferentes puntos de vista, por ejemplo, cuando resulta que se vive en medio de la naturaleza y, por eso, aceptamos ser parte de ella, como sucede en Como les guste, una comedia que Jonathan Bate supone que estuvo “cerca de su corazón”, de la que hice una versión novelada para ver si los Millenials se animaban a leerla: en una escena, el Duque que se ha exiliando en el bosque de Arden declara:

– ¿No estamos mejor aquí en el bosque, libres del peligro de la Corte envidiosa? Sentimos la diferencia de las estaciones y el brutal frío del invierno, sobre todo, cuando sopla el viento y nos envuelve, nos muerde y nos encogemos de frío. Entonces, sonrío y me digo: “por fortuna, esto no es como las adulaciones de los cortesanos; este frío es un buen consejero que me hace pensar en lo que realmente soy”. Dulce es el fruto de la adversidad que se parece a ese sapo que es horrible y venenoso, pero lleva como adorno en la cabeza una perla preciosa. Esta vida que llevamos al aire libre, en medio de la naturaleza no tiene comparación con la Corte: aquí sólo encontramos bienestar.

Epicuro, por su parte, encontró la paz y la tranquilidad interior cuando aceptó ser parte de la naturaleza, esa que siglos después explicó Lucrecio en su poema De la naturaleza, en donde describe cómo son las cosas tal como pensaba que eran entonces, aclarando, entre otras cosas, que todo lo que existe son átomos y vacío; que el alma es mortal; que no existe la divina providencia y que los dioses no intervienen en los asuntos del ser humano para que, de pasada le perdemos el miedo a la muerte y lleguemos a aceptarla como algo natural, para poder aprovechar el día y disfrutar del aquí y ahora.

En Noche de reyes también de Shakespeare, es Feste, el bufón, quien canta una canción donde integra el amor con el carpe diem:

¿Cuánto dura el amor? No es para siempre.
Amor es una sonrisa y es el gozo del ahora, no del mañana.
Desconocemos lo que puede suceder en el futuro y,
si no amamos a tiempo, no se da la plenitud;
por eso, bésame amor, bésame mil veces que la vida pasa.


Si tomamos conciencia de que somos parte de la naturaleza, entonces, podríamos lograr la buena vida, sobre todo, si somos capaces de convertir la adversidad en una nueva oportunidad, como lo hizo el Duque y su hija, la bella Rosalinda, una de las estrellas de Shakespeare que también se refugia en el bosque en donde encuentra a Orlando de quien se había enamorado a primera vista y, por eso, aprovecha la ocasión para ofrecernos todo un curso sobre el amor. Por eso, se me ocurrió subtitular la versión novelada como “Manual práctico para los enamorados”, donde integra, como en la canción, el amor con el carpe diem para que sus personajes logren la buena vida.

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Publicado en El Informador y en Índice político el 9.11.19
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